viernes, 15 de abril de 2011

PRESENTACION DE "EL LLANTO DE LA VIEJA HILDA Y OTROS RELATOS"


Llegó el día y todo salió bien. La librería Popular de Albacete cedió el espacio, coqueto y acogedor, y Rosa Villada hizo una presentación estupenda y elogiosa que le agradezcon profundamente. Toñi leyó de escándalo y muchos amigos y familiares me arroparon en semejante trance. Aquí os dejo unas fotos del evento.






Entrevistas en la Tribuna y la Verdad de Albacete

Aquí os dejo los enlaces a las dos entrevistas que me realizaron en los diarios locales. http://www.latribunadealbacete.es/noticia.cfm/Vivir/20110415/miguel/angel/molina/normalmente/suelo/empezar/relato/final/5598496D-0CFC-0E96-438A6F45906B732A http://www.laverdad.es/albacete/v/20110415/cultura/publicar-libro-como-desnudarse-20110415.html

miércoles, 23 de marzo de 2011

Todos eran mis hijos

El otro día fui a ver al Teatro Circo "Todos eran mis hijos", de Arthur Miller. Salí impresionado. Creo que no recuerdo esa sensación después hace mucho tiempo. He visto obras muy buenas y que me han encantado. Pero esa sensación final que deja la obra de Miller, gracias al trabajo de los actores, es indescriptible. Os dejo una crítica de Madridiario.es y recomiendo, al que pueda verla en otros lugares y escenarios, que lo haga. No perderá ni el tiempo ni el dinero. He capado alguna frase del texto para no revelar lo esencial de la obra, ya que si no se puede ver en el teatro tampoco está de mal leerla.




Desde 1988 no se representaba en España el drama 'Todos eran mis hijos', de Arthur Miller. En 1951 Carola Fernán Gómez, María Dolores Pradera, Ricardo Lucia y Soler Marí estrenaron la obra en La Comedia con el Teatro de Cámara La Carátula. Pero en los más de sesenta años que han pasado desde el estreno en NY (1947) este gran texto solamente se ha montado en España cinco veces. La última es la que no deben perderse ahora en el teatro Español, dirigida por Claudio Tolcachir.
Cuando acabó la representación de estreno todo el público que abarrotaba el español se puso en pie para aclamar a los artífices de esos 100 minutos de gran teatro. Las últimas escenas se escucharon conteniendo la respiración ante el tremendo drama humano que se estaba desarrollando ante nuestros ojos.Arthur Miller estrenó esta obra poco después del final de la II Guerra Mundial. Aún no se habían cerrado las cicatrices de los muertos en combate. Las familias intentaban volver a una cierta normalidad. Pero en la sociedad no se olvidaban actitudes y conflictos surgidos durante la contienda. Chris, el pequeño, se ha enamorado de la novia del hermano muerto, pero la madre se niega a reconocer la relación. ¿Cuál es la verdadera causa de la negación de la muerte del hijo? ¿Locura? No. Los espectadores lo averiguan avanzada ya la obra. Mientras, por el escenario van desfilando, con una magistral dosificación de los tiempos, vecinos y amigos de los protagonistas. Todos anidan el rencor porque todos tienen una víctima en sus familias. Carlos Hipólito y Gloria Muñoz son los padres. Y unos grandes actores. El mutis final de Gloria es sobrecogedor. Mientras que el primero transita por el cinismo, el desenfado, la inmoralidad del “todo vale” en tiempos de guerra, la segunda parece un ser de otro mundo que, cuando menos lo esperas, lanza dardos envenenados contra todo y contra todos. Como Linda en La muerte de un viajante, la mujer es un personaje fundamental, la que realmente tiene el poder, la que es capaz de mantener unida una familia desecha aunque parezca que está flotando en una nube. Afirmar que los dos están extraordinarios no es novedad. Lo contrario sería noticia. Fran Perea es el hijo menor con una fuerza, una presencia escénica y una voz al viejo estilo. ¡Qué inteligencia la de este chico al aparcar la popularidad fácil de las series televisivas para dedicarse al teatro! Sus enfrentamientos con Hipólito son estremecedores. Perea está estupendo en los momentos finales, cuando sus sospechas se confirman, cuando su mundo feliz se derrumba. Junto a él Manuela Velasco, en su debut escénico. Sería injusto no reseñar el trabajo de los demás: Nicolás Vega, Jorge Bosch, María Isasi, Castrillo Ferrer y Ainhoa Santamaría. Todos están perfectos.La versión ha limado el texto y solamente puede ponerse el reparo de que impide una progresión más intensa de la tensión dramática. Se exponen las acciones directamente, los conflictos aparecen sin apenas introducción y algunos problemas se tocan de soslayo. Tolcachir la dirige como si no estuviera allí. Parece que los actores se han juntado para hacer su función, pero se adivina detrás el ojo y la mano de alguien que conoce la obra y que sabe cómo llevar a los intérpretes a su terreno. Aunque, al final, parezca que todo el mérito es del texto y los actores.No me gusta la escenografía, pero ese puede ser un problema mío. Y, en cualquier caso, no empaña uno de los mejores espectáculos que pueden verse en el teatro madrileño. Sólo van a estar hasta el 31 de octubre. Intuyo que volverán a algún teatro privado.

Antonio Castro

LA CAMARA FOTOGRAFICA


Os adelanto uno de los relatos que aparecerán en el libro "El Llanto de la vieja Hilda y otros relatos"




LA CÁMARA FOTOGRÁFICA


Ya me lo advirtió el dueño de la tienda. «Esta cámara no necesita carrete, ni revelado ni papel fotográfico», dijo. No puedo negar que tal afirmación me extrañara un poco, pero como nunca había poseído una de aquellas máquinas y era un profano en lo que al arte de la fotografía se refiere, no le di más importancia.
Nos colocamos toda la familia frente al espejo. Marisa, mi mujer, se sentó sobre una de las sillas tapizadas del salón. Sostenía al pequeño Nicolás entre los brazos. Mi única hija, Anita, lo hizo en el suelo. Hubo que esperarla un buen rato, hasta que decidió que sería el vestido beige el que mejor le sentara. Siempre tan coqueta, tan luminosa. Javier no paró de moverse y poner caras. El mayor, Ricardo, se situó de pie detrás de todos ellos, junto a mí. «Veréis que retrato más original», dije. Apunté el objetivo de la cámara a nuestra imagen reflejada en el espejo y disparé. Después de sonar el clic, una luz cegadora lo inundó todo. Nunca algo tan blanco me hizo ver todo tan negro.
Poco a poco retornaron mis pupilas al tamaño que aconsejaba la iluminación ambiente, lo hacían después de haberse dilatado hasta el extremo de comerse su propio iris. Fue entonces cuando, dentro de las paredes internas de mi cráneo, rebotaron las palabras. «Esta cámara no necesita carrete, ni revelado ni papel fotográfico». Aturdido, comprobé cuán cierto era. En el espejo, sobre la superficie acristalada, todos los miembros de mi familia, todos excepto yo mismo, que miraba hacia abajo apretando el disparador de la máquina, posaban inmóviles con la vista fija al frente. Pero, al contrario de lo que cabría suponer, el reflejo no observaba al natural. No, no podía hacerlo, por la sencilla razón de que fuera del espejo no había nadie. Nadie, ni mi mujer ni mis cuatro hijos. Solo yo, con el semblante descompuesto por un desasosiego punzante y turbador.
Un temblor creciente me ablandó piernas y manos. La cámara se me escurrió de entre los dedos, como si los tuviera embadurnados de vaselina. El choque contra el suelo produjo un gran estrépito. Decenas de trozos saltaron anárquicamente y se esparcieron por todo el hall, huyendo algunos por las puertas abiertas a las habitaciones contiguas. La máquina y su mecanismo eran ya una escombrera de imposible reconstrucción.
Desde los pedazos de mi cámara fotográfica, levanté despacio la vista hacia la imagen del espejo. La lastraba el miedo, el temor a que todo aquello no fuera una alucinación, una invención de mi retina deslumbrada por la acción del flash. Falsa esperanza la mía. Al completar el recorrido, mis ojos se posaron en ellos: en Marisa, mi mujer, y en mis cuatro hijos. Allí permanecían, estáticos, atrapados. Me miraban con fijeza, penetrantes, como gritando: «¡Padre, qué nos has hecho!».